Creo que me está dejando de atraer eso de los videojuegos.
Hace meses que mis dos consolas consoladoras (de penas) no se llevan un mísero DVD/BlueRay a su bandeja/ranura. Ahí están las dos, con una ligera capa de polvo, indicando que los buenos tiempos pasaron a formar parte de los tan añorados como añejos recuerdos.
De vez en cuando me quedo mirándolas desde la ya lejanía que supone el sillón dónde ninguno de sus cables puede llegar y tentarme a recargar las baterías de los mandos. De poco le serviría... ya ni recuerdo dónde están guardados.
Quizás sea que se acercan mis cuarenta años de existencialismo videojueguil y que esa crisis eventual de que todo el mundo habla esté comenzando a materializarse en una insustancialidad hacia el placer poligonal. Quizás sean los propios juegos los causantes.
Quizás no.
Quizás hayamos terminado como espasmódicos figurantes de Romeo en un infinito revival de la noche de los muertos vivientes. Como zombies alinieados buscando carne fresca. Carne en forma de letrero luminoso con la palabra hype lanzando cegadores flashes. Atraídos hasta su puerta, para luego bordear la entrada como si fuese el peor de los antros y darnos cuenta de que en su interior no está lo que buscábamos.
Quizás sea que no sabemos dónde ir, ni qué buscar, ni qué encontrar. Quizás no sepamos lo que queremos o quizás simplemente no exista.
Quizás hayamos llegado a ese punto donde el videojuego, torcido como el cuello de un cisne, camufla entre su belleza una inevitable fragilidad que le hace curvarse cada vez más, en una cabriola interminable que solo busca complacer al espectador, el cual, desde la otra orilla, aplaude compulsivamente, sin darse cuenta de que el cisne ha perdido su naturaleza y su por qué.
El por qué de aquello de defender a la humanidad de unos invasores verdes me enorgullecía. ¿Por qué sentarme en el descorchado taburete del bar para conseguir un ángulo perfecto en Track & Field era tan reconfortante? o simplemente, ¿por qué comer bolas blancas en un laberinto simétricamente perturbador era tan adictivo?
Ahora no encuentro el por qué.
Un por qué relegado al pasado, a un tiempo único al que los sentimientos se aferran, en un vaivén de sensaciones irrecuperablemente perdidas.
¿Perdidas? Quizás no... quizás fueron reemplazadas. Como el que cambia el azúcar por edulcorantes en el café... sí, parece lo mismo, incluso es mejor porque no engorda, pero no sabe igual. Es una imitación. Reemplaza la esencia por la apariencia.
Así siento los videojuegos ahora. Como esa apariencia que hábilmente deja un regusto a jugabilidad, pero que esconde una falta de fondo. Es la forma con la que tenemos apartada la voz del subconsciente "dos grajeas blancas que no engordan", mientas, pienso "sí, pero el azúcar está mejor, hipócrita".
Y en eso se han reconvertido los juegos ahora. En el continuo mutar de una vocecilla empírica que me susurra y me recuerda que esto no es lo que quiero. Que será mejor, ...pero no sabe igual. Un continuo y melancólico mirar hacia atrás, a imágenes en fósforo verde, a cintas, a carátulas de Azpiri y a joysticks de mala madre soldados con pegamento imedio. A micromanías devoradas con gula, a trucos, a pokers picados con esmero y a conversiones imposibles. A todo aquello que es imborrable. A todo a lo que echo en falta.
Echo en falta poder imaginar qué había más allá de la amalgama de píxeles, aquella que frustradamente insistía en reflejar la realidad. Una realidad abstracta y desfigurada, casi acromática, que gracias a nuestra imaginación se transformaba en la más nítida de las realidades y que dilataban la experiencia a un límite al que la coetaniedad tecnológica no ha conseguido ni asomarse.
Creo que esa es la esencia que hemos perdido en el camino: el poder recrear en nuestra mente todo lo que aquellas primigénicas máquinas solo nos permitió intuir y no es otra cosa que nuestra imaginación.
Mientras, intento mantener mi moribunda vitalidad como jugador con el poco alimento del recuerdo. Pasan los meses, observando como el polvo sigue acumulándose, tanto en mi pesar como en la realidad apática y consciente de que el mundo del videojuego ha cambiado. Que ya no es el mismo y que el cuello del que fuese patito feo, tristemente continuará enconrvándose hasta la autoasfixia.
por Roswell (de AkihabraBlues.com)
Apagada la llama que una vez encendió nuestras pasiones, llevándonos a abrazar la bandera de la revolución nacionalsindicalista, con los pútridos vientos de la indisciplina y la inacción, elevo a los cielos mi mirada a la búsqueda de una respuesta. Y allí estaba, lo que era la respuesta a todo mucho antes de que yo mismo comenzara a formularme preguntas. Hube, pues, de centrarme definitivamente en lo eterno. Hube, pues, de fijar mis horizontes en Dios.
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BK.