viernes, 26 de abril de 2013

Endless Sotoca

Hoy hace una semana que nos dejaste.



Dos dias más, que te fuiste de Elche, lo que yo no interpreté como una despedida nisiquiera temporal, pese al énfasis que se puso en celebrar contigo tu entonces pronta partida a modo de amistosa despedida, con la clásica connotación etílica del "¡hasta pronto!", sabiendo que a menudo un cercano fin de semana se reiniciaría, con alguna visita tuya, el contador de extrañarte.

Por eso,  no le dí gran importancia. Contaba con volver a verte. Para mí era algo tan natural como encontrarte en pleno centro de Elche, mientras buscaba el regalo para mi suegro por su cumpleaños. Tan natural como pedirme yo un tanque de cerveza y tu una tónica o una fanta. De ser eso lo natural, pasó a ser el sollozar el recordarte, cuando nos hemos juntado amistades que llevábamos años sin cruzarnos las caras.

Mi primera reacción, lo sabe Dios muy bien, fue de incredulidad, al recibir la noticia. El que me ganaba siempre en nuestra sempiterna competición de visitas de nuestros blogs, había pasado al otro plano existencial, en el que se nos juzga para ser, en función de nuestros actos con la misericordia de Nuestro Señor, prisioneros del averno o huéspedes del Reino de Dios. Lo que fué objeto de mi inmediata consulta con mi confesor, que nos tiene en sobreestima, para garantizarme que me estarías desde los mismos instantes de mi notificación sobre tu muerte aguardándome en el Reino de los Cielos, con tus característicos abrazos y adjetivos que por una vez yo no encontraría pesados ni repetitivos, sino anhelados y reconfortantes. La salvación que, a la luz del Catecismo, estimo caprichosa para mí, deseo fácil y propiciosa para tí.

Desde entonces ya no oro tanto por mi propia salvación, como por el encontrarte conmigo en ella.

No son pocos los recuerdos que nos han quedado de tí, Sotoca. Buenos, malos...  tengo que decir que me dolería que una persona que aprecie falleciera sin dejar un legado o un mensaje, y tu nos has dejado con tu sencillez un mensaje muy claro. Nos lo has puesto muy fácil. Todo lo fácil que no nos lo pusiste en vida, canalla, nos lo has puesto ahora al obligarnos a derramar sinceras lágrimas de dolor nacidas del amor por tí. Nuestro amigo.

Nos has enseñado que ésto se acaba. Que el ser jóvenes, el pasárnoslo bien, el reirnos contigo, son cosas que se pueden hacer en contadas ocasiónes con pocos de los mejores amigos que se tienen en la vida. Nos has enseñado que el final de todo ésto no está condicionado con la edad, pues apenas me sacabas unos meses en el momento de partir hacia Nuestro Señor, y nos has enseñado con todo ésto en parte lo que Jesús dijo en Mateo 5:24, sobre ponernos a bien con nuestros hermanos antes de presentar nuestras ofrendas al Altísimo.

Me quedan, entre cosas recientes y allegadas relacionadas contigo, el maravilloso viaje a Bocairent el pasado dia 9 de Marzo del Año de Nuestro Señor de 2013, en el que compartiste un magnífico Via Crucis por los Caídos de la Batalla de Camorra, que yo no podré repetir jamás sin poner, en los caídos de la Guerra Carlista, tu rostro hermano mío, como portador de la bandera de la villa de Elche, que honraste con mucho gusto y causa por la cual tantos que no nos conocían, conocen y veneran hoy la bandera de la Ciudad de Elche,  como estandarte de Hispanidad y de Tradición levantina.

Te aseguro que acabas de hacer historia en el momento en que, siendo aquél tu primer y único acto carlista, haberte ganado un hueco en los corazones de todos los que conmemoraremos en los años venideros como se ha venido haciendo desde eónes a los requetés que dieron su vida por Dios, la Patria y el Rey, y a tí como abanderado de nuestra ciudad en tan sentido homenaje.

 A partir de ahora, el que lleve la bandera de Elche en el acto que la Comunión Tradicionalista celebra en Bocairent con motivo de la solemnidad de los Mártires de la Tradición, lleva consigo mucho más que el símbolo de un pueblo, sino el de un sentimiento. El tuyo, hermano mío. El que llevaremos siempre quienes no vamos a faltar a esa cita, por amor patrio, en el que ya ha entrado tu nombre escrito con letras de oro en el fondo de nuestros corazones.

Voy a hacer algo por tí, que suelo evitar para con todos los demás, Sotoca. Voy a recordar, en honor al vaticinio de mi confesor, párroco al que tu sabias bien que estimo en extremo, y en la línea de lo que él me ha dicho que ya tienes y por lo que yo ruego a Dios desde hace días y hasta que muera que en efecto tengas, el final del Evangelio según San Mateo, que no puedo recordar sin llorar.


"(Jesus dijo) enseñádles que guarden todas las cosas que os he mandado, y he aquí que yo estoy con todos vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo. Amén."





Ilicitanvs.

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